La plancha
de flores marchitas y lavadas,
se tiende entre el cielo y la tierra
suspendida en algún trozo de vacío
que sopla sin cesar
sobre tu piel;
que arrastra tu baño de colágeno,
tu ceniciento rubor,
la pereza de tus párpados,
la caída del pétalo aquel
que se quedó balanceando en el recuerdo.
Muere un anciano.
Un pájaro nace y un insecto
se cuela por la costura de las cosas
buscando el atardecer
debajo de la franela azul
que la abuela colgara en el desván,
en la explosión de tus ojos
cuando se perdieron escalera arriba,
cuando rodaron después
por todos tus crepúsculos.
Ahora
la plancha gris de desalineadas flores
se acrecienta con la llegada de la noche,
con los aprontes de la luna
y la niebla brillante de la selva
que cruza los umbrales
de la lánguida lluvia de mañana.
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