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La vieja de la esquina

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Varias veces la había saludado y en todas las ocasiones había hecho caso omiso a mi cortesía; a la vista parecía dulce y simpática, pero evidentemente era una anciana muy extraña: sólo miraba hacia fuera por la ventana de su casa en la esquina; no hacía otra cosa, inmutable y serena sólo observaba el exterior...

Aquella noche tuve mala suerte: un golpe en el estomago, otro en la nuca y, de repente, la oscuridad.

- Malditos hijos de perra - dije al despertarme.

Y es que los golpes me habían lastimado sobre manera haciéndome sangrar profusamente; como pude, caminé las dos manzanas que faltaban para llegar a mi casa, y ahí me di cuenta que hasta las llaves me habían robado. Estaba mareado, con las ropas sucias de sangre y en la calle, sin posibilidades de encontrar un lugar donde guarecerme: definitivamente esa no era mi mejor noche. Con un pañuelo intenté presionar fuerte en la herida con el fin de evitar que el sangrado continuase, logrando apenas mi cometido ya que, inmediatamente después de dejar de apretar, comenzaba a sangrar de nuevo.

Con sorpresa vi que la ventana de la casa de la esquina estaba abierta, y que la luz iluminaba prácticamente toda la acera. Corrí hacia ella y encontré a la impávida señora que continuaba dentro, observando todo lo que sucedía fuera, como si fueran las doce del mediodía, pero a las dos de la mañana.

Le hice señas rogando que me permitiera entrar, pero no me contestaba; simplemente mantenía la mirada fija hacia el exterior; vaya uno a saber donde. Así estuve un rato largo, gritando, haciendo señas, y, ella, serena e imperturbable, hacía caso omiso a mis llamadas; por lo que desistí en mi intento y me senté en el bordillo de la acera, esperando que el tiempo transcurriera hasta el amanecer.

Segundos después, y ante mi asombro, la puerta se abrió y, sin sonrisas, me permitió entrar. No mencionó ninguna palabra, me señaló donde estaba el baño, me dio unas gasas y unas vendas, y luego de prepararme un sillón para que durmiera, volvió a su mecedora, para continuar con su expectante e interminable guardia.

Luego de limpiarme, intenté agradecerle, pero continuaba impasible: como si yo no existiera, en parte me sentí molesto, pero a la vez entendí que la mejor forma de pasar aquella noche era ignorar a la anciana.

- Vaya uno a saber que locura podría tener en la cabeza esta vieja, - pensé y me dispuse a dormir.

El sillón era cómodo; las sabanas tenían un perfume exquisito, y, sin más que decir o hacer, me dormí profundamente.

Muy temprano me despertó el grito desesperado de una mujer. Y, exaltado, me levante presuroso, suponiendo que algo le sucedía a la anciana; pero ella continuaba inamovible en su mecedora, mirando hacia fuera, mientras que, alterada hasta los gritos, una joven mujer corría desde el baño a la habitación principal de la casa.

- ¿Qué está pasando? - atronó la voz de un hombre que preguntaba desde dentro del cuarto.

- ¡El baño y el salón están regados en sangre!, - le contestó la mujer con claros signos de nerviosismo histérico.

- ¿Sangre?, pero, ¿Qué quieres decir mujer? - volvió a preguntar el hombre, ya alarmado por los gritos.

Debo reconocer que me asusté bastante y, por ello, me escondí dentro de un gran mueble esperando que la anciana explicara lo que había sucedido.

Pero esto no sucedía y los movimientos en la casa eran cada vez más inquietantes: llamadas por teléfono, inevitables signos de alteración de la pareja, el llanto interminable de la muchacha, y la señora, que, imperturbable, no hacia mención ni de lo sucedido ni de nada.

De repente, un sonido de sirenas, la policía y más alboroto, y, yo, encerrado en ese mueble. Seguramente la señora tendría alguna enfermedad mental y sería muy difícil explicar mi presencia en esa casa.

Hacía instantes que la policía había entrado y , de repente, se escuchó un grito desgarrador, y aquellos movimientos inquietantes se convirtieron en llantos y consuelos.

Luego de reflexionar un instante entendí el error que había cometido al ocultarme y salí de aquel mueble para contarles todo lo que había sucedido aquella noche. Caminé hacia el salón pero el camino se hacía demasiado largo y tortuoso, como si me fuera imposible llegar a ellos.

Desde lejos los vi observando el sillón, obviamente ya habrían encontrado aquel lugar donde había dormido; la mujer se tomaba el rostro y el hombre la consolaba contra su hombro. Quise explicarles: grité, y no me escucharon; hice señas, intenté llegar a ellos, y no lo advirtieron; y la anciana que, saliendo de su letargo, giraba la espalda y me miraba fijo.

- Pero, ¿qué sucede? - le pregunté.

- Sucede que has llegado - me contestó.

- ¿A dónde he llegado? - volví a cuestionar.

- Al lugar que tanto deseabas, acaso no mirabas hacia aquí todos los días. - me respondió.

- No, - aclaré - solamente la saludaba al verla mirar por la ventana.

- No miraba, sólo espero a que ustedes lleguen para abrirles la puerta. - respondió, y giro nuevamente la espalda para que su rostro se petrificara con la mirada fija hacia fuera, desde donde algunas personas la saludaban sin obtener respuesta.

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