He visto las esculturas de Helios.
Primero en mis sueños. Después
en sus despojadas cáscaras,
en sus hierros límpidos
con su reprimido afán de retorcerse.
Ellas guardaban mi mirada.
Aquella que busqué descalzo
en el bosque de los siglos,
en la jungla donde los eones
se prendían de los callados soles.
Helios, amigo,
desde tu arte hablaste de mí
y te pregunto
en cuál continente perdido
bebimos hasta emborracharnos
una bebida blanca,
brillante como los vestidos de las jóvenes
que después nos brindarían su amor
tierno como las flores de la Atlántida.
Helios, la vieja ¨Lemuria
acunó tu instinto legendario
que llega hasta tus manos:
prolongador del sol,
padre de los insectos
que mueren buscando la luz
en medio de las sombras.
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